Don Francisco

Don Francisco era el patriarca de una gran familia. Tenía sólo 55 años y conservaba toda la fuerza de un adolescente. Se había casado muy joven con Helena, una bella y trabajadora mujer. Juntos tuvieron dos hijos: Alberto, el mayor de 36 años y Pedro de 29. Ellos lo habían llenado de nietos.

Francisco era un poderoso industrial, hijo de inmigrantes, que había forjado un imperio a fuerza de buenos negocios. Su capital se contaba en millones de dólares. Daba trabajo a más de cuatrocientas personas incluida su familia. Tenía fama de hombre dominante y no toleraba a quien no cumpliese una orden suya. En una oportunidad había echado a más de cincuenta obreros de su fabrica porque ellos le habían echo una huelga reclamado mejoras en sus salarios y condiciones de trabajo.

Hacía cuatro años que se había quedado solo, su Helena lo había dejado por un cáncer de mamas. Desde ese momento se sentía liberado, su aspecto se había vuelto más jovial y coqueteaba con todas sus empleadas y nueras. En estas últimas había puesto una especial atención, las cortejaba mientras sus hijos no advertían sus maniobras. Una de ellas era Maura, esposa de Alberto, una hermosa y sensual mujer; tenía 32 años, con un cuerpo infartante, su pelo negro caía suave sobre sus hombros, tenía una cara angelical, ojos verdes mostaza, unos pechos muy impactantes que eran la delicia de todos los hombres de la empresa: eran grandes y redondeados; a pesar de que ya tenía dos hijos, no habían sufrido con el paso del tiempo. Sus hijos eran Ivana de 13 años y Carlitos de 6. Su pequeña cintura le iba en zaga con su perfecta y parada cola, sus piernas eran largas y muy torneadas: en definitiva, una hembra que volvía locos a los hombres.

La desgracia tocó a la familia cuando Alberto tuvo un accidente automovilístico. Había perdido toda la sensibilidad desde su cintura hasta los pies. Pasaba sus días en una silla de ruedas, trabajando como director de la empresa. La que hasta hacía muy poco era una buena vida sexual, la perdió por completo: no sentía nada, ya nunca más iba a tener una erección. Con Maura habían sido felices, pero esta desgracia lo estaba enfermando, hasta pensaba en quitarse la vida.

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El otro hijo de Francisco, Pedro, también había formado una gran familia. Se había casado con una mujer más joven que él. Romina era una joven de 22 años; llevaban cuatro años de casados y ya tenían tres hijos: Francisco de 3, Angel de 2 y Pedro de 6 meses. Romina era de una familia humilde, había conocido a Pedro en la empresa, ella comenzó a trabajar a los 17 años en el sector limpieza, pronto llegó a la mirada de su marido y este con muy poco esfuerzo le robó el corazón: un rápido ascenso y la promesa de un mundo mejor, la llevaron hasta el altar. El sueño de la cenicienta realizado. De todas maneras era una mujer muy cautivante, que atrapaba a los hombres con solo una mirada. Sobre ella caía la sospecha de una infidelidad cuando todavía era la novia de Pedro, se decía en la empresa que un obrero llamado Sandro la había tenido antes que su esposo.

La familia tenía una casa de fin de semana, donde todos juntos desde la muerte de Helena, acompañaban a Don Francisco. La finca tenía seis habitaciones más la de servicio, pileta, gimnasio, quincho y cancha de tenis. En ese fin de semana solo había ido Alberto y su familia. En esa oportunidad padre e hijo tenían que arreglar aspectos del desarrollo de la empresa. Francisco ayudaba a su hijo con especial énfasis desde que este estaba en la silla de ruedas. Sentía que debía apoyar a su hijo.

La reunión de los hombres era en un privado de don Francisco, estaban solos cuando llegó Maura a la habitación; esa mañana llevaba una corta minifalda negra que remarcaban su parada cola, una suéter rojo pegado al cuerpo que resaltaban aun más sus voluminosos pechos y unas botas negras sobre medias del mismo color que atraparon la mirada de don Francisco, él la miró como deseándola, volvió a sentir ese cosquilleo en su cuerpo que lo llenó de vida, sin advertir que su hijo se percató de su indiscreta mirada. Ella saludó a su esposo con un beso en la boca, pero en ese momento quedó de espaldas a su suegro, ofreciéndole una visión que alteró la sensibilidad del patriarca. Luego le dio un sonoro beso en la mejilla a don Francisco que dejó a su esposo mordiéndose la lengua de rabia y celos. En ese momento por Alberto pasaron miles de imágenes, pensaba que su mujer era todavía muy sensual y él ya no podría satisfacerla más. Ella estaba muy desbordada de vida, en cambio él estaba postrado en una silla de ruedas.

La mujer se fue y la reunión continuó, pero ya el tema fue otro. Alberto enojado, le espuso a su padre la frustración que sentía por no poder complacer a su mujer y el deseo de haber tenido más hijos con ella; el patriarca lo consoló y le dijo que él mismo se ocuparía de cuidar a su mujer y sus hijos. Don Francisco era un hombre parco y poco afecto a las demostraciones de cariño, pero en esa oportunidad consoló el llanto de su hijo y le prometio que si él faltaba alguna vez, él sería su sucesor; esa promesa le dio tranquilidad a su hijo, ya que siempre había tenido una feroz disputa con Pedro por el poder de la familia.

Después de almorzar, como era costumbre todos se fueron a descansar, Maura llevó a Alberto a la habitación, que era la contigua a la de don Francisco, Ivana y Carlitos se fueron al primer piso a sus cuartos. Alberto tenía que tomar una medicación para poder dormir tranquilo, pero había olvidado sus pastillas en la habitación de don Francisco, entonces su mujer fue hasta el cuarto del patriarca y golpeó para poder ingresar.

Don Francisco estaba a punto de acostarse y la hizo pasar sin darse cuenta que su nuera era la que entraba, porque él estaba quitándose la ropa; ella entró y él estaba desnudo y de frente a ella, no pudo evitar mirarlo, el patriarca era un hombre de gran porte; tenía anchas espaldas y fornidas piernas que había trabajado en su juventud y todavía conservaba todo su cabello; ella posó su mirada sobre el miembro del patriarca, no podía creer lo que estaba viendo, un pene impresionante, su mente voló y enseguida lo comparó con el de su inválido marido y se dio cuenta que este era el doble más grande, estaba ahí suave, flácido y rosado. Debía tener unos 25 centímetros de largo y 6 de ancho. Esa mirada solo duró unos pocos segundos, pero sirvió para establecer una complicidad que ya nunca se rompería. Maura estuvo turbada por varios segundos.

Rápido de reflejos don Francisco, tomó su bata y se cubrió; su nuera estaba muerta de vergüenza y deseo. Hacía tres años que su marido había tenido el fatal accidente y su vida sexual estaba trunca desde ese momento. Ella le solicitó las pastillas y el patriarca le dijo que estaban en la habitación de Alberto, porque el último en dársela había sido él. Le pidió que la ayudara a encontrarlas y los dos fueron a la otra habitación, Alberto estaba en la cama y se sorprendió de verlos juntos, ella le preguntó dónde estaban los medicamentos y don Francisco le indicó junto a la cajonera, para lo cual la mujer debió estirar sus brazos y quedar hincada, remarcando su cola apretada por su mini. Don Francisco la miraba con deseo, Alberto intuía que algo pasaba pero no podía moverse. Dijo que no quería tomar los remedios, presentía algo extraño entre su esposa y su padre.

El patriarca recibió los medicamentos de su nuera y le dijo a su hijo que debía tomarlos, su hijo se negó nuevamente, pero su padre se enojó de forma muy violenta y Alberto tomó sus pastillas. Eran unos tranquilizantes que en poco tiempo lo iban durmiendo. Don Francisco pidió pasar al baño de la habitación y Maura se quedó con su esposo, lo consoló con unas caricias sobre sus mejillas mientras su esposo hacía esfuerzos para no dormirse. Su cabeza volaba y en él aparecían imágenes deformadas.

Su esposa, que siempre descansaba con Alberto, comenzó a quitarse la minifalda y el suéter rojo para quedarse con un conjunto de color negro que remarcaban su generosa figura. Antes que el patriarca saliera del baño, alcanzó a ponerse una enagua negro que remataba su cuerpo con una sensualidad única.

Así estaba ella consolando a su marido, cuando salió su suegro del baño. Enseguida se dio cuenta que él no tenía buenas intenciones. Se acercó hasta ellos, su hijo casi dormido preguntaba por su esposa, pero no reconocía figuras ni voces. Maura solo atinó a mirar a su suegro que peligrosamente se le había acercado, estaban ahí muy cerca, todavía recordaba el pene del patriarca que hacía unos momentos había visto, estaba nerviosa y ansiosa a la vez, su excitación era muy fuerte; por otra parte ella estaba muy sensual para la vista de su suegro.

Él le tomo su salvaje pelo negro y comenzó a acariciarla en forma muy fuerte, había una relación de dominación, él la miraba y la sujetaba con sus fuertes brazos. Maura no podía resistir la presión, con la otra mano don Francisco comenzó a correr su enagua para poder tocarle esos grandísimos senos, con un solo movimiento le quitó el corpiño negro y liberó esa masa de carne que tanto había deseado, eran blancos y estaban a punto de estallar, sus pezones oscuros contrastaban con su piel, estaban erguidos y desafiantes, don Francisco había dejado de tocarle el pelo para dedicarse a ellos con masajes suaves y circulares, ella empezaba a exitarse, su marido estaba ahí a un metro delirando por los remedios y su suegro la dominaba, el patriarca le hizo soltar su bata y su mirada volvió a ese pene que la había enloquecido hacía unos minutos, Maura tenía vergüenza todavía, pero su suegro no la iba a perdonar, le tomó su mano y se la llevó a su miembro que ya estaba erguido, ella comenzó a masajearlo despacio a lo que don Francisco la obligó a hacerlo más rápido, comenzó a darle órdenes, su hijo no podía escucharlo. Ella no estaba haciéndolo bien, el patriarca le llevó su pene hasta su boca y poco a poco comenzó a metérselo, el pene tenía en ese momento un tamaño que ella nunca había visto, estaba rojo y palpitante, su cabeza redondeada parecía explotar; él comenzó un movimiento pélvico fuerte y ella abrió su boca más grande y posó su lengua sobre el glande, moviéndolo en forma circular, ahora lo hacía bien, por la fuerza de los embates de su suegro, ella retrocedió en la cama, quedando con sus manos sobre el cuerpo de Alberto. La situación le provocó a don Francisco un morbo impresionante, tenía a su nuera a su merced y con su hijo ahí delirando. Ella estaba ahogada, el pene le llegaba hasta la garganta, el patriarca gozaba como un animal, tenía a Maura bajo su mirada; hasta que no aguantó más y sacó el pene de la boca de su nuera y se descargó en la cara la ella, no fue solo un chorro como se podría pensar por la edad de don Francisco, la inundó de un blanco y espeso semen; sus labios y mejillas recibieron la leche de su suegro, una parte cayó en la almohada donde estaba la cabeza de su hijo.

Todo esto ocurrió en pocos minutos, el patriarca se había descargado después años de no estar con una mujer. El no quería dejarla así, mientras Alberto dormía, ella comenzó a beberse el semen, tragaba la leche del patriarca con fruición, esta imagen excitó a don Francisco. Luego la tomó por la cintura abranzandola y la beso en la boca. Estuvieron besándose con pasión, él la acostó justo al lado de su marido boca arriba y comenzó a chuparle los senos, uno a uno los pezones se le pararon, él bajo para sacarle su bombacha que se le metía en el culo de forma provocativa, se la sacó y se acercó a su entrepierna, con su lengua rugosa palpó la humedad de Maura, ella hacía tiempo que no sentía esa sensación, su clítoris estaba en ebullición, ante los suaves movimientos de la lengua de su suegro, le comenzó a correr un fuerte escalofrío por todo el cuerpo, sus mejillas estaban rojas y pronto tuvo su primer orgasmo.

Don Francisco tenía una nueva erección, su hijo dormía y su nuera jadeaba de placer, la sacó de la cama y la obligó a chupársela de nuevo, él gozaba viendo como Maura era una marioneta que cumplía sus deseos, su pene volvió a tener dimensiones considerables, se le marcaban las venas llenas de sangre a punto de explotar, ahí decidió que era el momento de penetrarla, y empujándola suavemente sobre la cama, de forma que su cara quedara apoyada sobre las piernas de su hijo, la empalmó de un fuerte y seco golpe que ella disfrutó. Los movimientos de la pareja empujaron al hijo del patriarca, Alberto no podía despertar. Don Francisco estuvo varios minutos tomándola con inusual fuerza, lo que provocó varios orgasmos en la mujer, ella estaba cansada pero feliz; él sin pensarlo la inundó de semen en esa deliciosa vagina y tuvo el orgasmo más fuerte que recordara.

Después de esa tarde, el control de don Francisco sobre su nuera iba a ser total. Ella había caído en sus redes, a punto de desearlo descaradamente. En ese mismo fin de semana, ella le pidió delante de su marido que la llevase a cabalgar, el patriarca tenía varios caballos pura sangre que ella deseaba probar.

Hizo preparar los caballos y juntos se fueron para el monte, su hijo se quedó con sus nietos y don Francisco se llevó a Maura, con ellos también fue el mayordomo de la casa, era un hombre que junto a su esposa cuidaban la finca cuando la familia no estaba. Alberto se quedó tranquilo por que el mayordomo iba con ellos. Cabalgaron por un rato y el patriarca le indicó al mayordomo que se alejase por un rato. Él llevaba puesto unas botas negras hasta la rodilla, las tradicionales bombachas de paisano y una camisa que le iba al tono, tenía un rebenque para llevar mejor al animal. Su nuera, se había recogido su pelo negro, y tenía un pantalón de lycra negro pegado a sus piernas que le remarcan demasiado su cola y la vagina, don Francisco no le quitaba los ojos de encima.

La invitó a tomar un descanso y bajaron de los animales, el mayordomo se había alejado, ella tenía calor y se quitó un suéter blanco para quedarse con otra remera deportiva de lycra del mismo color que resaltaba sus enormes pechos. Don Francisco se le abalanzó como un potro a una yegua, ella no pudo resistirse, primero le quitó la remera y le dejo los pechos al aire, el hombre se los tomó con sus manos y se los apretó hasta hacerle doler, ella pegó un grito que alertó al mayordomo, este se acercó hasta un lugar donde pudiese ver y no ser visto y disfrutó con lo que hacía su patrón. Don Francisco, empujó a su nuera hacía el piso quedando esta de rodillas, con su boca a la altura de su pene que ya estaba afuera, el mayordomo no podía creer lo que veía pero su mirada no se alejó de esa situación. El patriarca tenía en su mano derecha el rebenque y comenzó a pegarle a Maura en la espalda, produciéndole marcas e hilos de sangre. Cuando él quiso retiro su miembro e hizo poner a la mujer en cuatro patas, se volvió tras ella y comenzó a acercar su miembro al prieto culo de su nuera, que para desgracia de ella nunca había sido penetrado. Mientras su marido pudo haberlo hecho, ella se lo negó; y ahora en un segundo y sin poder retenerlo su suegro la iba a penetrar. El tomo el miembro con su mano y escupió sobre él para poder lubricarlo, sobre la cola de ella habían comenzado a caer pequeñas gotas de sangre que ayudaron a los embates de Don Francisco. La penetró sin piedad y ella sintió un escalofrío por su espalda, el hombre era una bestia enfurecida y ella su víctima. Él le decía lo puta que era, mientras por las mejillas de ella corrían lágrimas de dolor, estuvo a punto de desmayarse pero por fin el hombre derramó su leche dentro de ella y eso alivió su dolor, igualmente él no retiró su miembro hasta unos minutos después y cuando lo hizo por la cola de ella corrían ríos de sangre: la había desflorado y su ano todavía vibraba. El mayordomo vio todo ese espectáculo y cometió el error de que su patrón advirtiera su presencia.

Ella nunca había permitido que su marido le practicara sexo anal, su suegro lo hizo en una tarde y con un pene mucho mayor.

Don Francisco era el gran ganador. Dominó a su nuera a su antojo y la tenía bajo su poder. Ese fin de semana en la casa así lo certificaban. Había vuelto a ser el jefe de familia de ese gran clan. Sabía que su hijo Alberto sospechaba de lo ocurrido, pero también su hijo no tenía el valor para enfrentarlo.

Llegado el lunes, Alberto y su familia se fueron. El patriarca se quedó un día más como solía hacerlo. Su mente volaba por los recuerdos de su vuelta al sexo activo. Llamó al mayordomo y le indicó que fuera a preparar sus caballos. Don Francisco sabía que Hilario, así se llamaba y tenía 50 años, lo había visto con su nuera y quería aclararle la situación.

El hombre de campo, temeroso de su patrón, se apresuró y le pidió que no lo despidiera de su trabajo. Temblaba y sudaba de una forma que su patrón advirtió para sacar provecho. Entonces lo mandó con los caballos y le dijo que no vuelva hasta que él lo llame. Hilario había llegado a la casa hacía varios años. Con él llegó su mujer Ramona, una morenaza de 42 años, criada a carne y cereal del campo, un desparpajo animal en estado puro.

Don Francisco le hizo jurar silencio eterno de lo sucedido, a cambio de su estabilidad laboral. Hilario respiró y prometió serle fiel sin saber que estaba entrando en un camino sin retorno.

El patrón le indicó que se fuera a ensillar los caballos y se fue a tomar el desayuno. En la cocina estaba Ramona preparándolo. En el lugar había una larga mesa donde don Francisco siempre ocupaba la cabecera, él era el amo. Se sentó y pidió su comida. La mujer que estaba de espaldas a él, con mucho temor, hacía la tarea. Junto a ella estaba Cacique, un manto negro de considerables proporciones. Era uno de los perros que cuidaba la finca.

La mujer tenía su pelo atado, llevaba un vestido negro hasta las rodillas muy ceñido al cuerpo y cubría su falda con delantal blanco muy ajustado a su cintura. Esa mañana estaba muy provocativa. Ella siempre había sentido una gran atracción por don Francisco, le parecía un hombre muy sensual, en cambio su marido era más bien retacon y poco afortunado. Ramona había sido muy compinche de doña Helena y hasta la muerte de esta, nunca había puesto los ojos en Francisco, pero ahora le provocaba deseo.

Le sirvió el desayuno y espero a que su patrón le indicara alguna tarea. Él le pidió que se acercara y le apoyo sus gruesas manos en una de sus tetas. Ella se sorprendió y se retiró. Él la increpó y le dijo que si no hacía lo que él quería le diría a su esposo que ella lo había provocado. Ella estaba furiosa porque él la sometía a un chantaje, pero se excitaba con ese hombre que siempre le había gustado.

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Poco a poco, el patrón fue manoseándola toda. La tocaba sin descaro, le arrancó su falda y comenzó a romperle el vestido en la parte superior, debajo de él surgieron sus voluminosos senos, tenía un corpiño negro con puntillas que también se lo quitó. Aparecieron dos pechos cobrizos que enloquecieron a don Francisco, era una mulata muy fogosa. Él estuvo chupándole las ubres por un buen rato, hasta que se sacó su ropa y obligó a Ramona a tomar su pene con una de sus manos, ella sintió una gran vergüenza que su rostro no pudo ocultar, pero comenzó a mirar aquél pene descomunal con placer. Don Francisco estuvo frotándoselo por su cara, su cabeza recorrió las mejillas hasta posarse sobre su boca y se lo introdujo. Sus labios carnosos comenzaron a recorrer aquél mástil, ella disfrutaba con ese instrumento. El patriarca gozaba viendo como esa mujer lo felaba pero Cacique se había acercado a ellos, su lengua babeaba y su pene comenzaba a crecer.

El patriarca hizo que la mujer lo dejara por un instante y le quitó el resto del vestido, quedándose con unas medias negras que remarcaban sus macizas piernas. Ramona advirtió que el perro estaba cerca y excitado y se dejó llevar por Don Francisco; este la puso en una punta de la mesa de tal forma que el perro podía chuparle la vagina y ella seguía comiéndose el pene de su patrón. El patriarca sintió como esa inocente trabajadora podía convertirse en un volcán de lujuria al ser poseída por dos amantes. Ella disfrutaba como una perra. Tenía una verga en su boca y una lengua animal en su vulva.

Cacique quería treparse hasta la mesa para penetrar a Ramona, tenía su pene afuera y jadeaba de excitación. Don Francisco lo ayudó y bajó a la mujer hasta el alcance del animal. El perro la montó por detrás e intentó penetrarla, como no podía, su patrón tomó su pene y lo introdujo en la vagina. En ese instante, la mujer sintió una presión durísima que le daba mucho placer, Cacique comenzó a embestirla más fuerte y pronto se abotonaron: el pene se había hinchado tanto que no salía de la vagina. Don Francisco miraba como ese terrible animal podía estremecer a Ramona, ella tuvo varios orgasmos hasta que el perro la inundó con su leche. El animal se descargó por mucho tiempo y ella no paraba de gemir.

Don Francisco que había observado todo, estaba a punto de estallar. Su pene parecía una roca indestructible; quería sentir que dominaba la situación y le ordenó a Ramona que se apoyara en la mesa, solo que esta vez boca debajo de tal forma que su prieto ano, quedase hacia arriba; la mujer aceptó, pero sabía que venía lo peor para ella. El patrón agarró su pene y se lo frotó con saliva, quería lubricarlo; tomó con sus dos manos a Ramona por la cintura y acercó su miembro hasta el culo y la penetró reciamente, la mujer gritó de dolor, pero a él no le importó. Primero le metió la cabeza y luego una parte del vergajo, sus movimientos eran cada vez más intensos y brutales; la mujer soportaba sus embates pero dentro de ella sentía como se desgarraba, don Francisco no soportó más y le bañó el culo de esperma, que junto con la leche del perro comenzaron a mezclarse, él la obligó a que se la bebiera. Ella tenía vergüenza y dolor, pero había gozado como nunca antes, sentía que su patrón se aprovechó de ella pero no le iba a reprochar nada y menos comentarle algo de lo sucedido a su marido.

Ramona había traicionado a Hilario. Don Francisco podría ahora extorsionarla a cambio de su silencio. Esta situación estimulaba al patriarca, sentía que todos giraban bajo su órbita y que nada podía frenarlo. Ramona había sido quien le contó las sospechas que tenía sobre su otra nuera Romina, ella sostenía que la nuera del patriarca no se había casado virgen con su hijo Pedro. Decía que un obrero de su empresa, llamado Sandro la había tenido antes que su actual esposo. Este episodio manchaba el honor de su hijo y el de toda su propia familia y don Francisco no estaba dispuesto a tolerarlo.

El patriarca organizó su plan y para ello Ramona era indispensable. Hizo venir a su nuera hasta la casa sin que Romina supiera de su presencia. La ama de llaves debía interrogar a la joven mujer y arrancarle una confesión que la dejara in fragante.

Los acontecimientos se desarrollaron como el jefe de familia quería, la confesión necesaria llegó por la amistad de ambas mujeres, Ramona siempre había sido como una madre para Romina. Ella se ocupaba de ayudarla con la crianza de sus tres pequeños hijos, por eso no le resulto difícil que le admitiera la verdadera historia. El patriarca escuchó oculto por labios de su propia nuera que su primer hijo no era de su esposo Pedro, sino de Sandro. Esto lo enfureció. Su nuera había traicionado a la familia.

La declaración era dolorosa, pero don Francisco le iba a sacar provecho. Ramona y su nuera estaban hablando en el salón principal de la casa, él se encontraba en una pieza contigua y podía observar y escuchar todo.

Romina hacía solo seis meses que había tenido al último de sus hijos y a pesar de ello había vuelto a tener un cuerpo hermoso, que ahora lucía más por su maternidad. Sus pechos estaban llenos de leche, alimentaba a Pedrito todos los días y a toda hora. Ese día, llegó a la casa con un traje de pollera tipo mini y saco corto de color negro; estaba pintada y tenía el cabello recogido al estilo secretaria ejecutiva, el patriarca la miraba con furia y deseo, quería ajusticiarla y su nuera estaba muy apetecible.

Durante unos minutos dudó entre decirle a su hijo la verdad y presentarla como una puta ante él, o aprovechar la situación para su morbo personal; el recuerdo de su otra nuera Maura, lo perturbaba y hacía que se volviera incontrolable su deseo de aprovechar la situación. Además la relación con Pedro siempre había sido muy competitiva; primero lucharon por el amor de Helena, la cual consideraba a Pedro su hijo preferido y esto generaba muchos celos en Don Francisco, y después su hijo le peleaba palmo a palmo el control de la empresa. Para el patriarca, esta era una oportunidad de tomarse revancha contra Pedro y no la iba a dejar pasar. Su corazón palpitaba fuerte y sentía que estaba ante una victoria segura.

Don Francisco no toleró más y salió al encuentro de las mujeres. Romina al verlo, no pudo más que sorprenderse y no entendía lo que pasaba. Don Francisco echó a Ramona de la casa y le dijo a su nuera que había escuchado todo y que sería inútil que negara todo por que él había grabado la conversación. Su nuera rompió a llorar. Lloraba de rabia, sentía que le habían tendido una trampa. Don Francisco se acercó a ella y tomándola de un brazo, la apretó y le dijo que se callara. El patriarca la amenazó con contarle toda la historia a su hijo Pedro y echarla de la familia, lo cual dejó indefensa a la mujer y a su merced. Ella estaba en sus manos, cualquier cosa que hiciera dependía de él. Le propuso un trato al que ella no pudo negarse, sería su amante a cambio de su silencio.

El patriarca respiró triunfal y se dedicó a su víctima. Ella no imaginaba que comenzaba un camino tan fructífero. Se acercó y comenzó a desprenderle uno a uno los botones de su traje, lo hizo con suavidad, cuando le quitó el saco descubrió que ella no llevaba más que un ajustado corpiño que dejaban ver sus lechosos pechos, tenía unos protectores sobre sus pezones porque estos emanaban abundante leche, lo cual excitó a don Francisco como si fuera su nieto. Se prendió a uno de ellos y mordisqueando el pezón, comenzó a beber con sumo placer. Su nuera no estaba cómoda, pero no tenía otra opción. El hombre estaba muy excitado, a punto de tener una marcada erección debajo de su pantalón, Romina lo advirtió y clavó sus ojos en ese bulto. Don Francisco había dejado de chuparle los pezones para ponerse por detrás de ella y apoyarle todo el bulto en su cola, con sus manos seguía apretándole las tetas. El juego de seducción era intenso, ahora los dos cuerpos se buscaban con extrema pasión. Ella comenzaba a entregarse entera a ese amante desconocido.

El patriarca acariciaba el cuerpo de su nuera, al tiempo que le quitaba su pollera negra, dejando ver debajo de ella un conjunto de medias, ligas y bombacha muy seductor y provocativo. Esa visión lo perturbó, quería comerse a esa mujer; estaba ante un manjar exquisito, y él sabía que ese tipo de platos no se come rápido, por eso trataba de vivir cada momento sin apuro. Ella frotaba su cola sobre el bulto y los jadeos de ambos eran intensos, se pusieron de frente y se besaron de forma desaforada. Romina le quitó la camisa y comenzó a besarle el pecho; le desabrochó y dejó caer el pantalón. Se sorprendió cuando vio la cabeza del pene escaparse entre el apretado boxer que tenía su suegro, el miembro era tan grande que se le escapaba de la prenda, pero no pudo parar de mirar y sin que don Francisco se lo pida, se puso a chupar esa cabeza. Sentía curiosidad y le quitó el calzoncillo a su suegro, sus ojos no podían creer lo que veían, ese garrote era más de lo que su imaginación podía haber imaginado, ella pensó que nunca iba a ver una cosa así, lo empezó a chupar todo y pronto entendió que no entraba en su pequeña boca. Él le ordenó que se ubicara sobre un sofá y ella le hizo caso, dejando de esta manera su inmensa cola hacia arriba, él gozaba con esa visión, se acercó y le apoyó suave su miembro sobre la ya húmeda vagina, se lo restregó por toda la cavidad, arrancando los suspiros de Romina que ya imploraba ser penetrada, don Francisco lo hizo y ella se sintió plena de goce y placer. A diferencia de otras oportunidades, el patriarca trataba con cuidado a una de sus amantes, su objetivo era sodomizarla para que ella luego cumpla todos sus deseos. La mujer tuvo dos orgasmos seguidos y él todavía seguía a pleno, perforándola más aprisa y con embestidas más fuertes, el semental demoraba su orgasmo y su nuera estaba en el infierno, cuando ya no aguantó más, sacó su pene y lo puso de frente a las tetas de ella, lo apretó con las dos y empezó a moverse rápidamente, con sus anchas piernas golpeaba en los pechos de su nuera y el glande se abría paso entre las dos montañas de carne, a ella se le escapaba la leche de sus dos ubres, cuando don Francisco le desparramó su semen entre el cuello y su boca, el patriarca tuvo varios segundos dejándole ese líquido viscoso sobre su cuerpo. El tomo la leche de la mujer y se la llevó a la boca y después se la ofreció a ella, mientras su nuera se ocupaba de limpiarle bien su poderoso miembro, una por una bebió las gotas de su suegro. Estaba terminando cuando sonó el celular de Romina, ella demoró en atenderlo por que todavía estaba agitada, era Pedro que la notó extraña, ella tuvo que inventar que estaba con una amiga y que pronto volvería a su casa a amamantar a Pedrito, su marido le recriminó que abandonara a su hijo, mientras don Francisco le pasaba su pene por sus mejillas, ella estaba confundida y aturdida; tenía culpa por abandonar a su pequeño hijo, pero estaba gozando como nunca lo había hecho con su esposo. El patriarca se sintió más poderoso que nunca, su mente estaba al máximo nivel de poder, mientras su hijo no sabía que su esposa era gozada por él.

Romina estaba como una reina, no tenía resentimiento hacía don Francisco a pesar de que le habían tendido una trampa, ella tenía el sabor dulce de ese encuentro inesperado y no estaba dispuesta a desperdiciar la oportunidad de seguir disfrutando con su suegro, aun a riesgo de perder su matrimonio, la situación la colmaba y le prometió a don Francisco guardar este secreto a cambio de que él no revelara el suyo.

 

Don Francisco sabía que sus nueras estaban en sus manos. Ahora se proponía disfrutarlas. El recuerdo de ambas lo excitaba. Con la mayor, había estado rudo, pero la mujer no se opuso a sus intenciones; con Romina el trato había sido más paternal y erótico.

Desde que tuvo a sus nueras, se ocupó de que sus hijos estuvieran lo suficientemente ocupados. Los enviaba en viajes de trabajo siempre, así él podía estar cerca de esas dos mujeres; sus hijos lejos de enojarse por los viajes le agradecían, sin advertir sus intenciones.

En una oportunidad, Pedro estaba de viaje y toda la familia se reunió en la casa durante un fin de semana. Don Francisco sabía que la oportunidad era propicia, porque aunque estuviera Alberto, su hijo no podría frenar sus intensiones. Así, las nueras del patriarca estuvieron juntas a él por primera vez.

Nunca antes habían compartido un tiempo y espacio juntos. Don Francisco miraba a una para darle celos a la otra. Cada una de las mujeres se creía dueño de él, sin advertir que la otra había probado a su suegro.

Cada una sospechaba y la atmósfera sexual iba en aumento. Las dos trataban de cortejar al patriarca, peleándose por la atención de este. Maura, que era observada por su propio marido, miraba a Romina con resentimiento, ambas se cruzaban miradas profundas sin decirse nada.

Las dos estaban muy provocativas y don Francisco había reparado en ello. Maura tenía un vestido de lycra negro pegado a su voluptuoso cuerpo, nunca llegaba así a la casa de fin de semana. Ella sentía que debía agradar a su suegro. Parecía que su cuerpo iba a salirse por su vestido, su marido le recriminó su vestimenta, pero ella hacia tiempo que no le hacía caso. Su pelo negro, caía suave sobre sus hombros y sus largas piernas estaban cubiertas por medias negras caladas no propicias para la situación, pero ella sabía que a su suegro eso lo excitaba y no dejaba de hacerlo a pesar de lo desbocada que se presentaba.

Romina también lucía muy sensual. Su cola repingada estaba enfundada en un fino pantalón que le marcaba sus nalgas y piernas. Llevaba una fina camiseta que delineaba su figura, remarcando los dos pechos llenos de leche. Esa mañana estaba amamantado a Pedrito delante de su suegro y en presencia de su cuñado Alberto. Los hombres observaban ese espectáculo y Romina no se inmutó, sabía que el patriarca podía hacer lo que quisiese. Francisco la miraba con deseo y el hombre lisiado sospechaba que algo extraño ocurría. El patriarca se fue y dejó a Alberto con su cuñada, el lisiado se quedó complacido con esa visión. Romina se acercó hasta la silla de ruedas con su bebé y le ofreció una sonrisa complaciente, su cuñado no entendía demasiado, ella tenía a Pedrito en uno de sus senos, pero el niño se había dormido, lo dejó sobre un sillón y no se apresuró en cubrir sus tetas, Alberto la contempló con deseo y la mujer se cubrió de forma provocativa, lanzando una mirada desafiante, mientras levantaba su corpiño.

Romina quería desafiarlo y le preguntó por donde estaría su esposa y don Francisco, a lo cual Alberto respondió no saber lleno de ira y perturbación; su cuñada se sintió despechada por el patriarca y decidió refugiarse en Alberto, claro que este no era el amante ideal, pero le serviría para paliar el momento.

Mientras Pedrito dormía plácidamente, su madre comenzaba a quitarse su pantalón delante de su cuñado, ella quería alguna satisfacción y Alberto era un buen estímulo, un hombre lisiado que sólo podía dar placer pero que no lo recibía. Se sacó su corpiño y le puso sus senos en la boca del hombre que no entendía demasiado, pero que respondió en forma natural. Pronto sus pezones crecieron y empezaron a emanar esa suave y tibia leche materna que su cuñado aprovechó con devoción, aquella situación le provocó recuerdos de su niñez, su cerebro estaba siendo bombardeado por placeres que su cuerpo ya no podía sentir; por otra parte, con su mujer hacía mucho tiempo que no había contacto, Romina estaba sobre él, aplastándolo con la furia de una mujer despechada y esa situación de dominación la excitaba y su vagina estaba llena de jugos.

Con la ayuda de Alberto, fueron hasta el sillón donde estaba Pedrito y Romina lo recostó boca arriba muy cerca de su hijo, ella se quitó su bombacha y puso su vagina sobre la cara de Alberto, su cuñado no tardó en usar su lengua para comenzar a darle placer a su cuñada y así estuvieron hasta que los espasmos invadieron todo el cuerpo de Romina y sus piernas se aflojaron y tuvo un fuerte orgasmo como hacia tiempo no tenía con su marido. Producto de la relajación su vagina quedó hundida en la boca de Alberto por un tiempo, produciendo un cierto ahogo en el hombre que le daba cierto placer, ella lo había utilizado para satisfacer sus deseos sin importarle si su cuñado se sintió a gusto, de todas formas Alberto, también se sentía bien porque hacía mucho tiempo que su esposa no se acercaba a él.

En una de las habitaciones de la finca estaba Maura con su hija, la estaba ayudando con la tarea escolar. Hasta allí llegó el patriarca, la niña estaba junto a una mesa resolviendo sus problemas, cuando su madre fue tomada por la cintura por su abuelo. El hombre apoyó su cuerpo por detrás de Maura, la niña no advirtió esta maniobra; ella seguía concentrada en sus labores mientras Francisco le restregaba su pene a su nuera. La pareja comenzaba el juego; Maura intentaba ayudar a su hija, pero su vos era cada vez más entrecortada por los jadeos que producía.

Ivana no entendía nada, pero su madre le decía que no dejara de hacer su tarea mientras el patriarca le había sacado su ceñido vestido. Tenía debajo una bombacha diminuta que resaltaba su hermosa cola y un corpiño que apenas podía contener tanta carne. Don Francisco se los estaba tocando y Maura no podía contenerlo. Los ruidos de los roces de la pareja perturbaban a la niña y le despertaban la curiosidad. Sin que su madre y su abuelo lo adviertan, Ivana comenzó a ver ese espectáculo que iba a cambiarle la vida para siempre.

Estaba su abuelo besando a su mamá. En ese instante, Maura había quedado de espaldas a la niña, la mujer le había quitado la camisa y besaba el pecho de su suegro. El patriarca advirtió que era observado por Ivana y siguió actuando sin darle importancia. La niña miraba y no entendía, su madre estaba casi desnuda junto a Don Francisco en un juego extraño para ella pero que le producía curiosidad y deseo; su pequeño cuerpo estaba vibrando y ella no sabía el motivo.

El hombre advirtió la mirada cómplice de su nieta y dejó caer sus pantalones. Su nuera entendió sus deseos y se arrodilló junto a él. Él tenía un boxer negro muy ajustado que apretaba su manguera roja. Su miembro tenía un tamaño considerable y la mujer le bajó su prenda intima dejando al desnudo su aparato ante Ivana. La niña posó su mirada en esa carne palpitante y estuvo obnubilada por un tiempo. Francisco gozaba con esa situación: su nuera estaba perdida por él y no sabía que su hija entraba en un mundo nuevo.

Maura comenzó la faena; sus dos manos rodearon el miembro del patriarca y con suaves movimientos empezó a darle placer. Don Francisco acercó su pene a la boca de su nuera y se lo pasó por sus labios, la cabeza del glande golpeaba sobre la cara de la mujer hasta que esta abrió la boca y se introdujo aquél aparato. El patriarca exclamó y arqueó su cuerpo; su nuera tenía su miembro y lo estaba haciendo gozar. Ella chupaba con delicado gusto, sus movimientos eran circulares, parecía una profesional.

Ivana no podía creer lo que estaba viendo y había comenzado a pasar calores. Sus mejillas ardían de calor y la entrepierna era un volcán. Su abuelo advirtió la situación y con un gesto la llamó para que se uniera a su madre y a él. Maura no se percató de la situación, seguía ocupada con el miembro de Don Francisco. La niña no se animaba a unirse a ellos por temor a su madre, pero pensó que le podría reclamar esta en tal situación y se paró de la silla dispuesta a juntarse con su abuelo.

Maura tenía su boca llena de carne, cuando a su lado estaba Ivana, se miraron y la madre le hizo un gesto cómplice. Ahora don Francisco se proponía gozar de las dos, claro que su nieta era un plato especial; una niña que no conocía el sexo, pero que le despertaba un fuerte deseo por su belleza: era un ángel con cuerpo de mujer, tenía puesta una corta pollera roja que no disimulaba sus ya torneadas piernas y una camiseta que dejaba ver los incipientes senos.

El abuelo la tomó por su cabello y comenzó a acariciarla, era un gesto tierno que escondía otras intenciones. La niña seguía perturbada por la visión de su madre y no atinaba a hacer nada, hasta que Maura se desembarazó del pene de Francisco y le ordenó que se uniera a ella. Ivana dudó, estaba impresionada por el pene de su abuelo, ella sólo había visto el de su hermano menor y consideraba que todos eran iguales. El patriarca no dudó y comenzó a quitarle la camiseta, quería ver esos senos de niña. La madre miró a Ivana desafiante y enojada, Francisco comenzó a masajear las pequeñas tetas y pronto notó como los pezones respondían: estaban duros y rosados.

La niña estaba excitada y confundida, pero su abuelo la ayudó y puso sus manos sobre su miembro. Ivana suspiró y comenzó a masajear a Don Francisco, suavemente pero con gracia. Maura se ocupó del resto, a los pocos minutos, la nieta estaba chupando la verga de su abuelo; el patriarca gritaba de placer, la estrecha boca de la niña no podían contener tanta carne, pronto Maura se ocupó de alivianar la carga para su hija y comenzó a comerse el cañón de su suegro.

Así estaban los tres, cuando don Francisco no aguantó la mamada que le hacían y retiró su pene de la boca a ambas mujeres, que estaban arrodilladas abajo de él, y desparramó todo su semen por la cara de las dos. Un río de leche blanca y caliente inundó el rostro de Ivana, que no entendía a su madre que la invitaba a que se lo tragara diciéndole que era rica y nutritiva, la niña lo probó y comenzó a beber con entusiasmo.